Juan
Castaingts Teillery Profesor
Investigador UAM-I
Entramos
ya a la discusión en el parlamento sobre las leyes que van a generar un cambio
radical en los procesos energéticos. Las rentas petroleras se van a distribuir
de manera muy distinta a como se hace hoy día y además, una parte significante de las mismas, irán a
parar a manos de grandes compañías transnacionales y de algunas compañías de
gran dimensión mexicanas.
La discusión nacional que se
requiere no se ha dado. Han habido opiniones y monólogos desde hace varios años
más no una discusión profunda en donde las partes tomen en cuenta lo que la
otra parte dice.
En los cimientos ideológicos
en que se fundamenta la reforma energética se encuentra la idea de que el
mercado va organizar mucho mejor que el Estado, los procesos de producción y
distribución del petróleo. Esta idea tiene como punto de partida varias
proposiciones: existe una libre competencia, los actores son racionales en el
sentido de que pueden calcular con cierta precisión los óptimos de producción y
distribución que pueden hacer; la racionalidad
de los actores conduce a mercados eficientes que logran llegar al
equilibrio; el equilibrio representa un
óptimo tanto para los productores como para los consumidores en lo que
concierne a las cantidades producidas y al precio de mercado logrado en estas
condiciones.
La proposición es bella y
tiene atrás un conjunto de matemáticas que yo he estudiado. Ni en el mercado
nacional ni en el mercado internacional existe en materia petrolera o
energética un mercado de libre competencia Por el contrario, existe una competencia de
características muy diferentes entre firmas grandes y poderosas que configura
lo que se denomina competencia oligopólica. En competencia oligopólica no hay
nada que pueda conducir a lo que en el párrafo anterior se denominó equilibrio
y, definitivamente en competencia oligopólica, los montos de producción y los
precios se encuentran muy lejanos a cualquier situación de optimalidad.
Tanto la
neurociencia moderna como la psicología experimental han demostrado en forma
científica que los postulados de racionalidad en que se basa la teoría en la que
se fundamentan las proposiciones de las leyes secundarias energéticas
simplemente son falsas. D. Kahneman Premio Nobel de Economía, en su fabuloso
libro “Pensar Rápido, Pensar Despacio”, nos dice lo siguiente: “los científicos
sociales de la década de 1970 aceptaban generalmente dos ideas acerca de la
naturaleza humana. La primera era que la gente es generalmente racional…” y
luego agrega que él y otro autor: “Documentamos de manera sistemática errores
en el pensamiento de la gente normal”. Más adelante dice con claridad, al
referirse a esta supuesta racionalidad y la señala como
“supuesto dogmático entonces predominante, de que la mente humana es racional
y lógica”. Desde un punto de vista de la neurociencia moderna, el autor francés
Ives Agid, escribe un libro que se denomina “El hombre subconsciente. El
cerebro humano y sus errores”, cuyo enfoque es totalmente distinto a Kahneman y
trabajando los procesos neurológicos con que se produce el pensamiento, llega a las mismas conclusiones. De hecho,
cualquier gente sabe que el hombre en su pensar, tiene errores frecuentes
constantes y sistemáticos; sólo los neoclásicos y los neoliberales suponen una
capacidad de cálculo perfecto.
Si las bases teóricas en que
se fundamentan las leyes secundarias están totalmente alejadas de los
conocimientos científicos modernos, es claro que las promesas que nos repiten
machaconamente muy difícilmente se podrán cumplir. No digo que el mercado no
tenga algunas funciones importantes, simplemente señalo que está muy lejos de
ser el dios que lo arregla todo a la perfección. Por eso, se necesitan otros
actores que intervengan como contrapeso en los procesos productivos y de
mercado. Hace falta el Estado, pero también conocemos las profundas
deficiencias que puede tener este actor y que tampoco es en sí mismo, la
solución del problema. Hace falta la presencia vigilante y participante de la
sociedad civil. Todo esto no es para lograr ninguna perfección sino sólo para
alcanzar resultados satisfactorios para
el conjunto de la sociedad. Nada de esto está integrado en las leyes que nos
proponen.
Es evidente que Pemex requiere
una reestructuración profunda ya que trae muchos lastres de profundas
ineficiencias directivas y de fuertes corrupciones además de un sindicato de
dirección corrupta. Los altos puestos de dirección han sido nombrados más por
compromisos políticos que por la capacidad de estos personajes; la corrupción
arrastra decenios de decisiones que perturban seriamente eficiencia de la
empresa. Es difícil que en estas condiciones Pemex pueda ser un actor fuerte en
un mercado oligopólico frente a las grandes trasnacionales.
asi_vamos@yahoo.com.mx
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